Venezolanos y boyacos se disputan a sangre y fuego el control del barrio Santa fe en Bogotá

Venezolanos y boyacos se disputan a sangre y fuego el control del barrio Santa fe en Bogotá

La Policía no ha podido controlar a la pandilla venezolana El Tren Aragua que pelea con una criolla el poder de la prostitución y la venta de drogas y armas. A las nueve de la noche del pasado jueves, cuando el barrio Santa Fe ya había entrado en su horario habitual, alguien decidió que era hora de recordar quién manda. Dos hombres en motocicletas avanzaron por la carretera 16A, frenaron lo justo y lanzaron una granada hacia la puerta del bar Troya. La explosión fue seca, breve, suficiente. La onda expansiva recorrió la calle 23 como una bofetada. Trece personas resultaron heridas. Uno murió. Se llamaba Henry Gómez, tenía 75 años y llevaba varios años trabajando en la zona que muchos ya no pensaban en él como un empleado sino como parte del paisaje humano santafesino. Henry estaba en la puerta, como casi siempre. Invitó a la gente a entrar, ayudó en lo que fuera necesario, observó pasar la noche. Le alcanzó la explosión y le llegó la larga historia de un barrio que durante décadas ha sido escenario de disputas que nunca aparecen en los folletos turísticos. Fue trasladado a un hospital cercano, pero murió minutos después. El bar todavía estaba lleno cuando pasó todo. Era una noche común en la zona de tolerancia de Bogotá, ese territorio delimitado en 2001 por decisión de la Alcaldía Antanas Mockus para concentrar la práctica de la prostitución y, en teoría, facilitar el control estatal. Veinticuatro años después, control es una palabra frágil. | Lea también: Video: En barrio Santa Fe, vecinos de la calle aprenden a hacer de Santa Fe una grilla de bares, hoteles, prostíbulos, narcotraficantes, vendedores de alcohol y sombras que cambian de bando según quién gana. La decisión de centralizar la actividad sexual no erradicó las dinámicas ilegales: las ordenó en el espacio. Coexisten el consumo de drogas, la venta de narcóticos, el tráfico de armas, la extorsión y la presencia constante de bandas criminales que se disputan cada cuadra como si de una frontera móvil se tratase. El ataque a Troya no fue un hecho aislado, sino un escenario más de una guerra que se libra a baja intensidad y alta frecuencia. El establecimiento atacado funciona como hotel y discoteca. Su dueño es César Augusto Sarmiento, un comerciante bogotano que abrió el lugar en febrero de 2020, en plena pandemia. Desde entonces ha recibido amenazas. Hace ocho meses, según la Policía Metropolitana, hubo una llamada de extorsión. Se ofreció acompañamiento. El caso pareció enfriarse. No hizo frío. En Santa Fe las amenazas no desaparecen: se postergan. Las autoridades utilizan dos hipótesis para explicar el ataque. Uno apunta a un ajuste de cuentas entre bandas que se disputan el control del microtráfico y otros ingresos ilegales. El otro indica una colección exorbitante desatendida. En ambos escenarios aparece el mismo telón de fondo: la lucha por un territorio que produce dinero día y noche. La investigación preliminar apunta a un hombre conocido como alias Maracucho, integrante del Tren de Aragua, una organización criminal nacida en Venezuela que se ha expandido por América Latina al ritmo de rutas migratorias y economías ilegales. El Tren Aragua llegó a Bogotá hace varios años y encontró un espacio favorable en Santa Fe: alta circulación de efectivo, múltiples negocios vulnerables, población flotante, miedo estructural. Durante un tiempo logró imponer reglas, cobrar extorsiones, controlar la venta de drogas en los centros nocturnos. Esa hegemonía empezó a romperse con los operativos policiales. En octubre de 2024 fue capturado alias Eryk, jefe logístico y financiero de la banda en Bogotá. Fue un actor clave: coordinó extorsiones, administró dinero y articuló conexiones internacionales que llegaron incluso a países como Chile y Perú, donde la pandilla replicó su modelo de franquicias criminales. La caída de Eryk debilitó la estructura. El mando pasó a alias Maracucho, un perfil más violento y menos organizado, que empezó a perder terreno. Con el retiro del Tren Aragua, apareció un nuevo actor decidido a llenar el vacío: una banda conocida como Los Boyacos. No es una organización transnacional, pero es un grupo con experiencia en control territorial y microtráfico en diferentes zonas de Bogotá. Uno de sus cabecillas identificados es Willington Matiz, alias Filipo, dedicado a reclutar jóvenes para vender droga y recaudar dinero. | Lea también: Los inmuebles incautados por el SAE se convirtieron en prostíbulos y residencias en el peligroso barrio de Santafé Los boyacos operaban principalmente en barrios del noroeste de la ciudad, en localidades como Suba, pero en los últimos meses comenzaron a avanzar hacia el centro. Santa Fe se convirtió en el botín. La presencia del Tren Aragua se redujo, pero no desapareció. El ataque con granada parece responder a esa tensión: un mensaje para decir que todavía están ahí, que no han desaparecido del todo, que el territorio sigue en disputa. La investigación intenta establecer si el objetivo del ataque se encontraba esa noche en la puerta del hotel, si el explosivo iba dirigido a alguien en concreto o si se trataba de una advertencia general. También hay una investigación por videollamadas extorsivas en las que aparecen hombres camuflados exigiendo grandes sumas de dinero, sin que quede claro si provienen de Los Boyacos o de remanentes del Tren Aragua que buscan recuperar espacio. No sería la primera vez: hace tres años ya hubo un intento de ataque con granada que no explotó. Desde 2023, las amenazas se han vuelto más frecuentes. El Gaula conoce los casos. Miedo también. La Policía Metropolitana de Bogotá, al mando del general Giovanni Cristancho, enfrenta el desafío de controlar una zona donde la delincuencia se camufla entre la aparente legalidad de bares y hoteles. Santa Fe no es sólo un problema de orden público: es el resultado de decisiones urbanas, desigualdad social y economías ilegales que se retroalimentan. Cada captura mueve las piezas. Cada ataque deja claro que el tablero sigue en juego. Mientras tanto, los comerciantes refuerzan las puertas, los trabajadores miran dos veces antes de marcharse y siguen llegando clientes. Henry Gómez ya no está para ver pasar la noche. Su muerte quedó atrapada en las estadísticas y en la memoria de quienes lo conocieron. En Santa Fe no estalla la violencia: advierten. La explosión del jueves fue una más de una secuencia que aún no tiene fin.

Fuente de la Noticia

Compartir en: