La idea surgió una noche en Medellín, cuando aún no existía la palabra Monasterio bordada en ninguna prenda y el lujo era sólo una intuición. No fue una revelación mística ni una epifanía creativa: fue una conversación entre dos jóvenes que no se conformaban con hacer pequeños negocios. Uno de ellos, Pedro Castellanos, tenía claro que no quería pasarse la vida montando empresas que se agotaran en una esquina del barrio o en las afueras de la ciudad. El otro, Esteban Velásquez, conocía los tejidos, los proveedores, el pulso real de una industria que parecía lejana pero que, en el fondo, se podía aprender caminando por ella. Castellanos acababa de probar suerte en diferentes frentes: alimentación, gimnasios, proyectos inmobiliarios. Empresas que proporcionaban lo suficiente para vivir, pero no lo suficiente para soñar en grande. En la universidad, en Eafit, entendió que si quería algo diferente tenía que entrar en un mundo completamente nuevo. La moda apareció así, no como una vocación estética sino como una oportunidad de negocio. El encuentro con Velásquez selló una alianza que al principio no tenía nombre ni logo, sólo una obsesión compartida: construir una marca que no pareciera local, aunque naciera en Medellín. Lea también: El reguetonero que lanzó la marca de ropa colombiana Monasterio Durante años hizo lo que hace casi todo el que empieza desde abajo: viajar, observar, equivocarse. Fueron a China, Estados Unidos, Europa. Caminaron por ferias, tocaron telas, compararon etiquetas, miraron precios. Intentaron vender camisetas sin mucha ambición, trajeron mercancías ajenas para generar dinero, se endeudaron. La decisión clave llegó cuando entendieron que no querían competir ni por volumen ni por precio. Querían competir por el símbolo. Querían que alguien usara una prenda no solo por su apariencia, sino por lo que representaba. El nombre fue una construcción lenta, casi accidental, según contó el propio creador a El Colombiano. Pasaron por ideas descartadas, asociaciones vagas, hasta llegar a Monasterio Couture. Sonaba extraño, sobrio, sólido. Eso era exactamente lo que estaban buscando. Para entonces ya habían gastado cerca de mil 500 millones de pesos en muestras, viajes y aprendizajes. Pronto comprendieron que el lujo no permite atajos. Cada error costó meses y dinero. Cada tejido que no convencía suponía esperar a otros que llegaban de Asia semanas después. Castellanos insistió en no lanzar nada hasta que todo estuviera listo: producto, comunicación, imagen, narrativa. El 9 de diciembre de 2019 decidieron salir al ring. Con lo poco que quedaba hicieron un lanzamiento desmesurado para una marca desconocida: coches de alta gama, modelos internacionales, una puesta en escena que no se correspondía con su tamaño real. Vendían gorras, polos, camisas, maletas. Los primeros compradores fueron amigos, familiares, conocidos. Ese primer mes facturaron 50 millones de pesos. No fue mucho, pero fue una señal. Tres meses después, el mundo se cerró. La pandemia cayó como un duro golpe en un negocio que apenas comenzaba. Nadie quería comprar ropa de lujo cuando la prioridad era la supervivencia. El riesgo de cerrar era real. Castellanos optó por salir a la calle: salir, mostrar la marca, regalar ropa, vestir Monasterio en todos los eventos posibles. Entendió que, si no podían vender, al menos podían hacerse visibles. Las redes sociales se convirtieron en su principal escaparate. Aprovechando permisos especiales de otros negocios, recorrió el país por carretera en pleno confinamiento. Cali, Pereira, Manizales, Bogotá. Regaló ropa, abrió pequeños puntos de venta, habló con cualquiera que quisiera escucharlo. Contra todo pronóstico, Monasterio cerró 2020 con ventas cercanas a los 4.000 millones de pesos. El siguiente salto vino de la música y los artistas. No hubo contratos millonarios ni campañas estructuradas. Había relaciones, afinidad, presencia. Zion, Lennox, J Balvin, Randy y otros comenzaron a utilizar la marca. Después se sumarían James Rodríguez, Radamel Falcao, Maluma, Daddy Yankee. El monasterio empezó a verse donde antes no lo había. En 2021 ya tenían equipo, gerente, estructura. Ese año facturaron cerca de 14.500 millones. El episodio que acabó provocando el reconocimiento fue inesperado: una canción. Monasterio, interpretada por Ryan Castro y Feid, se convirtió en un fenómeno regional, superando cientos de millones de visualizaciones y poniendo el nombre de la marca en la cabeza de personas que no tenían idea de que se trataba de ropa. La asociación fue inmediata. Curiosidad también. En 2022 se produjo otro giro decisivo. Castellanos decidió que el producto debía ir un paso más allá. Llevó la producción al Perú, a fábricas que trabajan para casas de lujo europeas. La calidad mejoró, los precios subieron, la identidad se consolidó. Una camiseta pasó de costar poco más de 200.000 pesos a casi 360.000. Las ventas alcanzaron los 45.000 millones. Hoy Monasterio es una marca de lujo nacida en Medellín que muchos todavía creen extranjera. Vende en Colombia, Venezuela, Chile, Estados Unidos, Puerto Rico, República Dominicana, España. Tiene presencia en tiendas multimarca y prepara tiendas propias. Reciba propuestas de inversión y expansión en lugares tan lejanos como Dubai. Castellanos, de apenas 30 años, sigue siendo el director general y el principal guardián de una idea que empezó como una intuición universitaria. Monasterio no quiere ser visto como una marca colombiana, sino como una marca global hecha por colombianos. Quizás por eso su mayor orgullo no están en los números, sino en verse colgada en tiendas americanas junto a nombres históricos del lujo. Allí, en ese gesto silencioso, se completa la historia: la de una empresa que nació sin permiso, aprendió a las malas y decidió, desde el principio, que su origen no debía verse en su ambición.





