Lo fundó su madre, Cristina Meira, hace 50 años, y aunque ella falleció en pandemia, sus hijos Juan y Andrés de la Espriella han podido mantener y hacer crecer el negocio. En Cachivaches no hay descanso. Aunque Halloween ocurre sólo una vez al año, el trabajo nunca se detiene. Desde enero, los diseñadores, cortadores y sastres de esta marca bogotana se sumergen en el universo de las tendencias: repasan qué personajes dominarán octubre, qué series cautivarán a los niños, qué princesas volverán al corazón de las niñas y qué clásicos -como Superman, Batman o Wonder Woman- seguirán reinando en las fiestas de disfraces. Lea también: Los 4 disfraces peligrosos por los que Cachivaches fue multado con casi $800 millones Todo está planeado con precisión, porque en Cachivaches octubre no es un mes: es una misión. La empresa trabaja 12 meses al año pensando en esos pocos días en los que miles de colombianos salen a la calle para convertirse en otros. Y detrás de ese fenómeno hay una historia profundamente familiar. Hoy al frente del negocio están Juan y Andrés de la Espriella, dos hermanos que crecieron entre rollos de tela, maniquíes y máquinas de coser. Son hijos de María Cristina Meira, la fundadora argentina que convirtió un pequeño taller de delantales en la marca de disfraces más reconocida de Colombia. Desde la muerte de su madre, en 2021, durante la pandemia, han tomado las riendas y han ido creciendo el legado hasta convertirlo en una empresa que ya exporta a once países. A primera vista, Cachivaches parece un imperio del entretenimiento, pero en esencia sigue siendo lo que siempre fue: una empresa familiar. En sus cuatro locales del norte de Bogotá, los hermanos De la Espriella conservan el espíritu que sembró su madre hace más de cincuenta años, cuando decidió dejar de experimentar con delantales para dedicarse a vender “un poco de todo” en una tienda que nombró con una palabra que sonaba a encantador desorden: Cachivaches. Lea también: Así nacieron los Cachivaches, los reyes de los disfraces que hacen la fiesta de Halloween María Cristina llegó a Colombia desde Argentina en los años sesenta, hija de un diplomático. En Bogotá se casó, tuvo tres hijos y descubrió que tenía un don especial para las ventas. Fundó su primer negocio, Camila & Cristina, con una amiga, y se dedicó a confeccionar delantales coloridos con telas inusuales. Pero pronto quiso más. Comenzó a ofrecer artículos para el hogar: jarrones, espejos, cojines, alfombras, vajillas, todo con ese toque artesanal y elegante que se convirtió en su seña de identidad. El nombre “Cachivaches” nació casi por casualidad. Los clientes, fascinados por esta tienda que parecía tenerlo todo, decían que había “una montaña de basura”. A María Cristina le gustó tanto la palabra que la convirtió en su marca. El gran giro se produjo en los años ochenta, cuando una simple coincidencia transformó el rumbo del negocio. En octubre, con los restos de tela de un intento fallido de hacer títeres, la fundadora decidió confeccionar algunos disfraces para sus hijos. Eran disfraces improvisados, pero coloridos, divertidos, diferentes. Los puso a la venta en la tienda, sin imaginar que en cuestión de días se agotarían. Esa coincidencia se convirtió en una chispa que lo cambió todo. Lo que comenzó como un experimento casero terminó transformando a Cachivaches en algo mucho más grande: un taller de sueños. Desde entonces, ya no se trataba sólo de vender cosas bonitas para el hogar, sino de crear ilusiones con aguja e hilo. María Cristina Meira, con su ojo minucioso y su energía incansable, apostó por confeccionar el vestuario con el mismo mimo con el que un artista pinta un cuadro. Cada puntada, cada lentejuela y cada color tenían un propósito. La calidad era tan alta que a finales de los ochenta Disney, Marvel, Mattel y Warner abrieron sus puertas para licenciar oficialmente sus personajes. No fue poca cosa: Cachivaches, una empresa nacida en el norte de Bogotá, se convirtió en el lugar donde los niños podían convertirse en superhéroes, princesas o villanos sin tener que cruzar fronteras. Así, casi con naturalidad, la tienda que antes vendía jarrones, alfombras y vajillas pasó a vestir a generaciones enteras de infancia. Con el tiempo, el catálogo fue creciendo: llegaron personajes de moda, ídolos del cine y protagonistas de nuevas series. Y aunque las tendencias cambian tan rápido como las estaciones, Cachivaches ha sabido mantenerse viva, reinventarse sin perder su esencia. “Las cosas se hacen bien o no se hacen”, repetía siempre María Cristina, y esa frase se convirtió en una especie de mantra dentro de la empresa. Sus hijos, Juan y Andrés de la Espriella, crecieron escuchándola y hoy la repiten como una promesa. Muchas de las manos que hoy cosen fueron las mismas que empezaron con María Cristina, la fundadora. Son mujeres y hombres que han visto crecer la marca, que sienten que también les pertenece, porque Cachivaches no es sólo una empresa familiar: es una familia extensa, unida por los hilos, el color y la ilusión de los niños que una vez al año se convierten en los personajes que siempre quisieron ser.





