Las 3 tumbas que más conceden milagros en el Cementerio Central de Bogotá

Las 3 tumbas que más conceden milagros en el Cementerio Central de Bogotá

La fe popular convirtió a Leo Kopp, el Bodmer y Julio Garavito Hermanites en Santos de Barrio, quienes todavía responden a favor del cementerio central de Bogotá no solo es un lugar para enterrar a los muertos. También se ha convertido en un escenario en el que la solemnidad de las grandes estatuas coexiste con la fe de aquellos que llegan buscando alivio para sus penas. Entre imponer mausoleos y tumbas usadas por el tiempo, se han formado historias que escapan de los libros de historia. Allí, en ese campo de mármol y polvo, hay tres muertos que, sin haber pasado por altares oficiales o ser canonizados por el Vaticano, se convirtieron en santos para personas comunes. Lea también: Nadie quiere cuidar los cuatro cementerios públicos de Bogotá que el cementerio nació por decreto, cuando en la colonia se decidió que los muertos no podían permanecer enterrados en las afueras de las iglesias. Con el tiempo se convirtió en el escenario de la memoria nacional: presidentes, políticos, empresarios y escritores estaban llegando a sus patios de cipreses. Pero, entre tantas figuras de bronce, tres nombres terminaron brillando que nunca fueron pruderos o generales. Tres muertos que hoy reciben oraciones, flores y boletos, porque la ciudad, con sus deseos y sus deficiencias, aprendió a confiar en ellos. Todos los lunes, cuando el aire del lugar está lleno de olor a flores frescas y velas ardientes, los pasillos están llenos de peregrinos. No buscan las tumbas solemneas de los antiguos presidentes, sino aquellos rincones donde la fe popular inventaron sus propios milagros. El benefactor el primero es Leo S. Kopp, el hombre que una vez fundó Baviera y que construyó un vecindario entero para sus trabajadores. Su tumba es inconfundible: un imponente mausoleo protegido por una estatua dorada que recuerda a «The Thinker», aunque con las características de Bolívar. Se ha tejido un ritual curioso alrededor de esa figura. Los visitantes se acercan a su oído izquierdo, como si fuera un viejo amigo que escucha pacientemente. Creen que la súplica viene mejor allí. No se pregunta mucho al mismo tiempo: solo un favor, una ayuda específica, un pequeño milagro que alivia la carga. Los devotos llevan flores y, cuando se despiden, dejan un gesto de gratitud en la lápida. Para muchos, Kopp sigue siendo un hombre generoso, capaz de intervenir de la muerte en los problemas de los vivos. En medio de los procedimientos imposibles y la eterna espera de Bogotá, se ha convertido en una especie de oficina invisible donde las súplicas que el estado nunca logra escuchar. Las niñas que cuidan un poco más a los niños, entre tumbas discretas, descansan a las hermanas Bodmer. Murieron siendo solo algunas niñas, con un año separado, y nadie parece estar seguro de la causa: algunos dicen que fue una enfermedad de la sangre, otras que un accidente, tal vez un incendio. La verdad es que en la memoria colectiva se convirtieron en guardianes de la infancia. Su tumba llama la atención desde lejos. En la piedra descansan dos pequeñas esculturas: una chica de rodillas y otra señalando al cielo. Entre sus manos y sus pies siempre aparecen dulces, juguetes, muñecas de trapo, flores coloridas. Las madres las visitan con la esperanza de cuidar a sus hijos enfermos. Las cartas escritas con caligrafía infantil también se amontonan: mensajes que solicitan protección para exámenes, juegos, dolor de estómago o fiebres repentinas. En una ciudad donde la infancia suele estar tan expuesta, las hermanas Bodmer se han convertido en una promesa de cuidado. Dos chicas muertas que continúan acompañando a las que comienzan a descubrir la vida. El astrónomo del boleto, el tercero de estos santos, no parece encajar en la idea clásica de milagrosa. Este es Julio Garavito, el matemático y astrónomo cuyo rostro aparece en las facturas de veinte mil pesos. Su tumba está adornada con Halley Comet, símbolo de las estrellas que estudió en la vida. Pero lo que atrae a los visitantes no es su carrera científica, sino la creencia de que quien lo visita nunca se queda sin esa denominación en la billetera. Los devotos llegan con dinero en la mano. Rompió el boleto contra la Kite Stone como si un amuleto estuviera oculto allí. Luego lo mantienen nuevamente en su bolsillo, convencidos de que la suerte ya está asegurada. Es un ritual tan simple como efectivo: en una ciudad donde el dinero alcanza raramente, la idea de conservar incluso un boleto de veinte es reconfortante. Con el tiempo, Garavito se convirtió en un «Buda criollo» de prosperidad. No importa que haya sido un astrónomo serio y dedicado: en el cementerio central lo recuerdan más como una generosa factura que como científica. El cementerio central es, al final, un espejo de Bogotá. Por un lado, hay mausoleos de los presidentes, héroes de bronce, los nombres que llenan los libros de historia. Pero, al mismo tiempo, están estos tres muertos que se convirtieron en santos populares. Sus tumbas son pequeñas capillas de fe donde las personas depositan su angustia más diaria: el dinero que no alcanza, la salud de un niño, la búsqueda de un favor urgente.

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