La vieja bolera donde jugó Jorge Eliécer Gaitán y la élite bogotana de los 40 que hoy se resiste a desaparecer

La vieja bolera donde jugó Jorge Eliécer Gaitán y la élite bogotana de los 40 que hoy se resiste a desaparecer

El boliche de San Francisco, el más antiguo de Sudamérica, se convirtió en un punto de encuentro de políticos y periodistas. Hoy seguimos esperando un rescate que no llega. La Bolera San Francisco no anunciaba su importancia con carteles rimbombantes ni fachadas ostentosas. Tuvimos que bajar. Literalmente. Bajar unas escaleras sobre Avenida Jiménez y Calle Sexta, entrar al sótano de una casa antigua en el centro de Bogotá y comprender –solo entonces– que ese lugar había sido muchas cosas antes de quedar en silencio. Durante décadas fue el boliche más antiguo de Sudamérica, el primero público del país, un punto de encuentro deportivo, político y social en una ciudad que aún estaba aprendiendo a reconocerse. El boliche abrió sus puertas en 1941, impulsado por empresarios bogotanos que vieron en los bolos algo más que un entretenimiento importado. Era un deporte, sí, pero también una excusa para juntarnos. En aquella Bogotá de mediados del siglo XX, donde el centro era escenario de todo, San Francisco se convirtió en un lugar habitual de abogados, políticos, periodistas y curiosos. No era raro que, entre lanzamientos, se discutiera la dirección del país con la misma seriedad con la que se discutía una línea recta mal ejecutada. Por sus huellas pasaron figuras como Jorge Eliécer Gaitán, liberales, conservadores, periodistas de apellidos conocidos y otros que aún no lo eran. Allí nació el Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB) y también la Liga de Bolos de Cundinamarca. No por casualidad: el boliche era uno de los pocos espacios donde coincidían conversación, competencia y permanencia. El tiempo se estaba acabando un poco más. El lugar siempre conservó su estructura original: un gran sótano, techos bajos, madera, largas canchas y aire de casa adaptada más que de moderno polideportivo. Durante años funcionó con seis pistas, atendidas por los llamados chinomáticos: niños o muchachos que recogían a mano los pinos y cantaban el resultado. Eran parte del paisaje. También parte del problema. Con el paso del tiempo, el concierto empezó a cambiar. Llegaron las máquinas automáticas, el conteo electrónico y la estandarización. También llegó la desconfianza. Algunos jugadores pagaron la chinomática para alterar los resultados. El juego ya no era justo. Las nuevas y más modernas boleras eliminaron esa posibilidad de un solo golpe. San Francisco, fiel a su antigua manera de hacer las cosas, se estaba quedando atrás. El declive no fue inmediato. Fue lento, casi imperceptible. Como suelen ser las verdaderas desapariciones. Los bolos perdieron popularidad. La ciudad cambió de intereses. El centro ya no era el único lugar donde sucedía todo. La bolera resistió como pudo hasta que, en 2012, cerró sus puertas por primera vez por reformas. La reapertura llegó en julio de 2013, pero ya no era lo mismo. De las seis pistas, quedaban tres. Los deportes pasaron a un segundo plano. La nueva Bolera San Francisco apostó por el restaurante, el bar y la fiesta. Se conservó parte de la arquitectura original, algunos guiños a lo antiguo, pero el enfoque cambió: música electrónica, cócteles, conciertos, turistas. El bolo quedó como decoración funcional. Las bolas apenas rodaron. Hasta 2019, el lugar sobrevivió como espacio nocturno. Entonces llegó la pandemia. Y con ello, el cierre definitivo -o al menos eso parece-. Desde entonces, la bolera permanece cerrada. No hay anuncios, no hay fechas, no hay declaraciones claras. Sólo un sótano muerto en una de las esquinas más concurridas del centro de la ciudad. Un lugar suspendido. Pero la historia de la Bolera de San Francisco no se explica sólo desde el deporte o la rumba. Está inevitablemente atravesado por la historia de la ciudad. El 9 de abril de 1948, siete años después de su inauguración, el boliche fue testigo involuntario del Bogotazo. Mientras la ciudad ardía después del asesinato de Gaitán, el sótano se utilizó como almacén improvisado para apilar los cuerpos de las víctimas de los disturbios. Esta información no aparece en los folletos turísticos. Circula en testimonios, en relatos de quienes conocieron el lugar cuando aún estaba en funcionamiento, en murmullos cautelosamente repetidos. Algunos afirman que la bodega conserva una atmósfera pesada. Otros hablan de presencias. Nada comprobable. Pero el peso histórico está ahí, incrustado en los muros, aunque nadie lo señale. La Bolera de San Francisco fue, durante décadas, un lugar donde se construyó una ciudad. No desde la solemnidad, sino desde la rutina: concursos, tertulias, discusiones políticas, celebraciones. Fue escenario de un deporte que alguna vez tuvo prestigio nacional y luego fue desplazado por la modernización y el desinterés. Fue un espacio que intentó adaptarse, que cambió de piel sin cambiar del todo de alma. Hoy el lugar espera. No se sabe si alguien podrá rescatarlo. No se sabe si las bolas volverán a rodar o si sólo quedará el recuerdo. Lo cierto es que su historia no es la de un monumento congelado, sino la de un espacio vivo que envejeció con la ciudad. Lo cual fue útil, ruidoso y contradictorio. Eso no necesita que el romance sea importante. La Bolera de San Francisco no fue eterna. Fue real. Y en una ciudad como Bogotá eso ya es suficiente

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