la última frecuencia del rock que sobrevive en un país que baila al ritmo de Karol G y Shakira

la última frecuencia del rock que sobrevive en un país que baila al ritmo de Karol G y Shakira

Lleva treinta y cinco años tocando la guitarra de George Harrison, la voz de Mick Jagger y los coros de James Hetfield. En un país donde más de seiscientas emisoras viven del reguetón y la música popular, Radioacktiva sigue ahí: un planeta aparte que gira a su propio ritmo, con riffs, risas y un empecinamiento que parece de otra época. Mientras las voces de Karol G o Ryan Castro inundan la FM, la 97.9 de Bogotá insiste en que el rock aún respira, que no ha sido derrotado. Su historia comienza mucho antes de que nadie imaginara TikTok, el streaming o los beats de Bad Bunny. En 1989, cuando el país se estremecía entre bombas y elecciones truncadas, Armando Plata –conocida voz de la radio en los años setenta– subió las escaleras de Caracol con una idea: una emisora ​​de rock. Caracol, entonces propiedad del grupo Santo Domingo, aceptó el experimento. Así nació Radioactiva, sin “k”, un 15 de mayo, con la intención de hablarle a una juventud que buscaba un poco de aire en la música en medio del ruido y la sangre política de aquellos años. Lea también: El golpe final de Santo Domingo a HJCK, la emisora ​​cultural que ya no funciona Al principio sonaban canciones de pop y rock mezcladas. Pero el país cambió de tono y la emisora ​​también. En los meses posteriores al asesinato de Galán, el pop se desvaneció y el rock tomó el relevo. Era la época de los casetes, de los Walkman, de las paredes llenas de carteles de bandas y de las tardes en las que un adolescente podía encontrar una forma de resistencia en la voz de Ozzy Osbourne. Radioactivo se convirtió en refugio y bandera. Con los años noventa llegaron los cambios y las disputas. Tito López afinó el formato, dio músculo a la programación y consolidó una identidad. En 1997, “Planet Rock” tomó forma definitiva: Radioacktiva, ahora con “k”, se presentó como algo más que una frecuencia, como una comunidad. Santiago Ríos lo dirigió desde Medellín, y una nueva generación de locutores –irreverentes, sarcásticos, cercanos– marcó una época. El humor pasó a formar parte del ADN, porque el rock, decían, también debía reírse de todo, incluso de sí mismo. El 2 de mayo de 1999 Bogotá se estremeció con el rugido de Metallica en el Parque Simón Bolívar. Cien mil personas saltaron bajo la lluvia mientras Radioacktiva lanzaba oficialmente su nuevo formato. Fue un momento de comunión. Un país tenso, desigual, roto por dentro, tuvo una única banda sonora durante unas horas. Lea también: Blu Radio, la exitosa venganza de los Santo Domingo tras vender Caracol Radio a Prisa Luego vino la tormenta económica. El grupo Santo Domingo, golpeado por la recesión, acabó cediendo Caracol Radio al grupo español Prisa en 2003. Las emisoras cambiaron de dueño y muchas desaparecieron. Radioacktiva perdió parte de su red: sólo sobrevivieron Bogotá y Medellín. Pero él resistió. Su rival, La Superestación, salió en 2005. El Rock se quedó solo. Esa soledad, paradójicamente, fue su ventaja. Mientras los demás canales apostaban por el reguetón, el vallenato o la música popular, Radioacktiva se aferró a su identidad. Mantuvo los clásicos (Metallica, Iron Maiden, The Rolling Stones), pero supo cómo introducir Arctic Monkeys o The Killers sin que sonara forzado. Entendió que el rock no era una pieza de museo, sino una forma de decir que todavía hay lugar para la distorsión, para la furia con el significado. La clave ha sido una mezcla precisa de nostalgia y frescura. Suena “Enter Sandman”, pero también Foo Fighters. Suena a Nirvana, pero en ocasiones, alguna banda colombiana emergente logra colarse en la lista. El formato no es rígido: el rock de los setenta convive con el de los dos mil, y esa convivencia mantiene viva a la emisora ​​en una época donde casi todo se mide por algoritmos. Lea también: La falsa cuña con la que el fallecido Álvaro Castaño Castillo inventó el patrocinio del HJCK Humor también ha sido una brújula. Programas como “El Gallo”, con su absurdo matutino, lograron lo que parece imposible: mantener la atención de los jóvenes oyentes en tiempos de Spotify y TikTok. El secreto no está en las canciones, sino en las voces. Pacho Cardona, Juliana Casali, Diego Peña y Wilmar Rodríguez –“El Campeón”– hablan como quienes crecieron con el rock, pero entienden el lenguaje de quienes no conocían los discos. La emisora ​​optó por mantener a los locutores que se sentían cercanos, no como ídolos inalcanzables, sino como amigos con buen gusto musical. Esta cercanía explica que, incluso en 2025, Radioacktiva se mantenga entre las diez emisoras juveniles más escuchadas del país. En las redes sociales tiene millones de seguidores, organiza conciertos, concursos y, sobre todo, mantiene un sentido de comunidad. No es sólo una estación: es una pertenencia. Quien sintoniza Radioacktiva se siente parte de algo. En una era de hiperindividualismo, eso es un gran logro. Su permanencia también se explica por la cultura que lo rodea. En Bogotá, Rock al Parque –que este año llenó el Simón Bolívar con casi cuatrocientas mil personas– demuestra que el rock no está muerto, sólo marginado del circuito comercial. Mientras los festivales de salsa o reguetón compiten por patrocinios, el público del rock sigue apareciendo sin promesas de glamour. Y Radioacktiva siempre está ahí, transmitiendo, comentando, acompañando. Hoy pertenece al grupo Prisa, pero conserva la esencia con la que nació hace 35 años. Se ha pasado de las cintas en carrete a los servidores digitales, de los teléfonos fijos a las redes sociales, de las listas de reproducción al streaming. Y, sin embargo, mantiene su tono irreverente, su aire de resistencia. En la era del click fácil, sigue creyendo en la voz humana, en el locutor que saluda a los oyentes y les cuenta una historia entre canción y canción. Hay una forma de nostalgia en todo eso. Cada vez que suena “Paint It Black” o “Nothing Else Matters”, se comprende que Radioacktiva ha sobrevivido no aferrándose al pasado, sino renovándolo. Su rock no es un gesto de rebelión adolescente, sino una declaración de identidad en un país donde la música popular y el reguetón dominan el paisaje. Mientras otros se adaptaban al ritmo del mercado, la emisora ​​decidió seguir su propio ritmo. El secreto, quizás, esté en no traicionar la idea original de Armando Plata: crear un espacio diferente. Cuatro décadas después, esa idea sigue viva, aunque todo a su alrededor haya cambiado. El rock, dicen algunos, es un género en extinción. Pero cada mañana, cuando vuelve a sonar la guitarra de Harrison o el grito de Hetfield, se demuestra lo contrario: el rock sigue siendo una forma de resistencia. Radioacktiva no ha ganado la guerra, pero tampoco la ha perdido. Su victoria es más discreta: la supervivencia. Siendo la última frecuencia donde aún suenan guitarras eléctricas, en medio de un país que prefiere los sintetizadores. Treinta y cinco años después, en una esfera dominada por el twerking y la música del despecho, sigue vigente. Y eso, en estos tiempos, ya es una revolución.

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