Ricardo, un agente secreto que perseguía a Escobar, dejó su pasado para convertirse en Andrea Montañez, una defensora LGTBI en EE.UU. Durante años persiguió a delincuentes en medio del miedo, las balas y el silencio. Hoy persigue algo diferente: dignidad, reconocimiento y derechos. Andrea Montañez, ex detective del DAS, cambió el arma por el micrófono, y su historia recorre algunas de las páginas más oscuras y brillantes de su propia vida. Nació en Manizales en 1965, pero su infancia la pasó moviéndose constantemente por el trabajo de su padre, un policía. Como dijo en algunas entrevistas recientes, creció en un hogar marcado por la disciplina y el deber, donde aprender a ocultar lo que sentía era tan importante como obedecer las reglas. Desde pequeña supo que algo dentro de ella no encajaba, pero no tenía palabras para nombrarlo ni espacio para decirlo. En su juventud eligió el camino de la abogacía. Comenzó a estudiar Derecho, pero a finales de los años ochenta ingresó al Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), cuando el país vivía el auge del narcoterrorismo. Fue detective en una época en la que la inteligencia se hacía a mano y el riesgo era cotidiano. Integró el Bloque de Búsqueda que mató a Pablo Escobar en 1993, y también participó en operativos contra el cartel de Cali. Su currículum estuvo lleno de condecoraciones, pero su vida personal transcurrió en paralelo, marcada por el silencio. Se casó dos veces y tuvo dos hijos. Construyó una sólida imagen de agente, padre y esposo, mientras por dentro libraba una batalla que no compartía con nadie. La adrenalina del trabajo funcionó durante años como un escape, pero no como una solución. Luego de dejar el DAS en 1995 y trabajar en seguridad privada, decidió emigrar a Estados Unidos a principios de la década de 2000. Del anonimato a la visibilidad con la comunidad trans En ese nuevo país encontró distancia, anonimato y, poco a poco, respuestas. En Orlando, Florida, empezó a comprender que no estaba sola. Conoció la existencia de la comunidad trans e inició un largo y cuidadoso proceso de transición. Atrás quedó Ricardo y nació Andrea, nombre elegido como homenaje a una mujer trans que conoció años antes, cuando trabajaba como informante en Medellín y que fue clave para entender quién era ella. Andrea estudió criminología, obtuvo la ciudadanía estadounidense y trabajó durante una década en la TSA, la agencia de seguridad aeroportuaria. Allí se convirtió en supervisora, ya en pleno proceso de transición. No fue un camino fácil. Hubo burlas, miedo y silencio, pero también un apoyo inesperado. Aprendió que el respeto no siempre proviene del cargo, sino de la coherencia consigo mismo. Su transición al activismo fue gradual. Comenzó a asistir a protestas y reuniones comunitarias, hasta que un día le regalaron un micrófono. Entendió que su historia tenía peso y que su voz podía abrir conversaciones. Hoy trabaja con el National LGBTQ Task Force, la organización más antigua de Estados Unidos que defiende los derechos de esta comunidad. Desde allí articula acciones, acompaña procesos y se planta en un contexto cada vez más hostil, especialmente en Florida. Andrea vive rodeada de símbolos de transformación: mariposas tatuadas, banderas de orgullo, frases que hablan de resistencia. Tras décadas de ocultación, hoy se define como una mujer de sonrisas. Su historia no es de arrepentimientos ni de moraleja. Es el recorrido de una vida que pasó de la clandestinidad armada a la visibilidad política, de la lucha contra el narcotráfico a la defensa de la identidad.





