la casona en Bogotá donde Antonio Nariño soñó con la independencia de Colombia

la casona en Bogotá donde Antonio Nariño soñó con la independencia de Colombia

En el corazón de Ciudad Montes sobrevive la hacienda donde estuvo preso el héroe, se recuperó de la tuberculosis y planeó la libertad del país. A veces Bogotá guarda su historia como quien esconde una carta vieja en el fondo de un cajón: no la rompe, no la tira, pero tampoco la saca. La hacienda La Milagrosa –también llamada Montes– es una de esas letras. Ella está allí, en medio del barrio Ciudad Montes, rodeada de edificios, parques y tráfico, como si hubiera aprendido a respirar lentamente para no llamar la atención. Pero basta cruzar su puerta para que el tiempo empiece a moverse de otra manera. La historia de este lugar comienza mucho antes de que Puente Aranda tuviera nombre, cuando el río Fucha discurría libremente por un valle agrícola y la ciudad era apenas un proyecto en crecimiento. En el siglo XVIII, el español Manuel Montes y Lozada compró estas tierras y las utilizó para la agricultura. Aquí se sembró trigo, se sembró maíz y, sin saberlo, también se sembró una parte decisiva de la historia política del país. Montes y Lozada, un comerciante santafesino, tuvo cuatro hijas con Manuela Garnero —Juana Rosa, María Francisca, Bárbara y María Ignacia— y utilizó la hacienda como dote para una de ellas. Así, la tierra pasó de mano en mano como pasaban entonces las herencias: con más destino que escritura. El valle de Fucha, fértil y joven, era un espacio de trabajo, no de contemplación. Nadie imaginaba que esos mismos muros de tapial y adobe acabarían siendo el refugio de uno de los hombres más vigilados por la Corona española. Porque en 1791 Antonio Nariño –político, militar, lector voraz y traductor clandestino de los Derechos del Hombre– compró la hacienda y se mudó allí con su familia. No vino buscando silencio: vino buscando aire. En lo que hoy es el barrio Ciudad Montes, Nariño organizaba su vida cotidiana entre la actividad intelectual y la rutina doméstica. Desde esta casa, que entonces era un campo abierto, el país pensó que aún no existía. Y desde aquí también lo vigilaban. Sus ideas, demasiado grandes para la obediencia colonial, lo llevaron a prisión. En 1794 fue capturado nuevamente en Santa Fe y encerrado en los calabozos del cuartel de caballería. Allí, en la humedad y el encierro, su cuerpo comenzó a rendirse ante sus convicciones: contrajo una tuberculosis tan severa que estuvo al borde de la muerte. El virreinato, que no sabía muy bien qué hacer con un preso enfermo y famoso, tomó una decisión pragmática: liberarlo de prisión y permitirle cumplir su condena en su propia casa. Así, entre 1803 y 1804, Antonio Nariño regresó a la hacienda La Milagrosa como preso político. Llegó acompañado de su esposa e hijos, más débil de cuerpo, pero no de espíritu. Fue atendido por José Celestino Mutis y José López, médicos que intentaron salvarlo mientras el país, sin saberlo, se preparaba para cambiar de manos. La casa fue entonces hospital, prisión y hogar. Sus patios vieron la lenta convalecencia de un hombre que había desafiado al imperio con palabras impresas. La arquitectura, que hoy se conserva casi intacta, habla de esa época sin necesidad de discursos: un patio central con corredores perimetrales, dos patios interiores –uno de entrada y otro que funcionaba como solar–, la cocina ubicada en el patio, los gruesos muros hechos para resistir el paso del tiempo más que la moda. El vitral republicano que rodea el patio central parece un detalle menor, pero es una pista: esta casa también aprendió a transformarse. Luego de la recuperación de Nariño y el regreso a la vida pública, la hacienda siguió su propio camino. En el siglo XIX tuvo varios propietarios: los padres dominicos, Fernando Ricaurte, la familia Wills. Cada uno dejó huellas invisibles, como suele hacer quien vive en una casa sin saber que habita dentro de un futuro museo. En 1965, Roberto Wills Piedrahita y sus hijos Silvia y Roberto Wills Pinzón fueron los últimos herederos directos. Ese mismo año, el terreno fue adquirido por la Constructora Ospina, que dio forma al barrio Ciudad Montes y donó el espacio donde hoy se encuentra el parque a Bogotá, conservando en su interior la antigua casa. La ciudad, por una vez, decidió no borrarlo del todo. En 1969, el entonces alcalde Virgilio Barco ordenó convertir la casa en el Museo Antonio Nariño. Y en 1975, mediante el Decreto 1584, la casa fue declarada Monumento Nacional. Desde entonces, ha sido restablecido varias veces, como quien cuida una herida que no quiere cerrar del todo. Una de estas restauraciones fue realizada por el arquitecto Álvaro Barrera y la arquitecta Martha Lucía Martínez, contratados por Cafam, que invirtió 250 millones de pesos como gesto de agradecimiento urbanístico. Hoy, la antigua hacienda La Milagrosa vive dentro del parque Ciudad Montes, administrado por el Instituto Distrital de Recreación y Deportes. En su interior se exhiben objetos de época, documentos, recuerdos prestados, pues las pertenencias originales de Nariño reposan en la Casa Museo de Villa de Leyva. Aquí está el lugar, que no es poco. Quedan los patios donde se escucha el eco de pasos antiguos. Quedan los muros que resistieron la prisión, la enfermedad y el olvido. Queda la sensación de que la historia no siempre necesita grandes monumentos: a veces una casa discreta, rodeada de árboles y niños jugando, basta para recordarnos que el país también fue pensado desde una habitación con ventanas al campo.

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