Un postre popular, hecho de fruta, crema y memoria, traspasó fronteras y hoy representa a Colombia lejos de casa. En los barrios de Ibagué, entre risas, gasolina para motos y el incesante ir y venir de ferias locales, hay un postre que sabe a memoria colectiva: el meringón. No es un postre que necesite mantel ni cubertería fina; Su territorio natural son las bandejas improvisadas, los coches que aparcan en las esquinas y las manos que no esperan hasta después de cenar para hundir la cuchara. Es un sueño cremoso de frutas, merengue y nata, generoso en porciones y generoso en evocaciones. Y, en los últimos años, pasó de ser el dulce secreto de una ciudad del Tolima a conquistar paladares en Estados Unidos. Un dulce que nació en la calle y acabó en vitrinas internacionales El merengón, como se le conoce en Colombia, es un postre que nace de la adaptación popular del merengue europeo -esa mezcla aireada de claras de huevo batidas con azúcar- tropicalizada con frutas locales y nata montada, que adquiere nuevas capas de sabor con cada cucharada. La receta no nació en un laboratorio gastronómico ni en academias de chefs, sino en las calles de Ibagué y otras ciudades colombianas, donde carros y puestos ambulantes comenzaron a ofrecerla en bandejas, pasando por plazas, ferias y parques. Hoy ese mismo meringón que se vende en carritos o en lugares concurridos del Tolima encontró un público exigente en Estados Unidos. Una familia tolimense –que decidió apostar por su tradición culinaria– llevó el postre a un mercado que desconocía ese equilibrio entre el crujido del merengue y la suavidad de la crema con fruta fresca. Lo que inicialmente fue un experimento de nostalgia pronto se convirtió en una sorpresa para los paladares de Miami y otras ciudades donde las comunidades latinoamericanas buscaban sabores que los conectaran con su tierra natal. |Le puede interesar El paisa que pasó de las comunas a impartir clases en Harvard y dirigir una división del Hospital de Massachusetts No fue solo un recorrido físico del postre, sino también de la historia que lo acompaña: detrás de cada merengón hay historias familiares, de mercados locales en Ibagué, de ingredientes frescos traídos de los caminos del Tolima y de aprendizajes transmitidos de generación en generación. Esa historia de origen, tan valiosa como los ingredientes, fue la que le dio al producto una personalidad única en un mercado saturado de propuestas gastronómicas. El éxito del meringón de Ibagué en Estados Unidos Los consumidores estadounidenses, incluidos muchos inmigrantes latinoamericanos, comenzaron a reconocer en este dulce no sólo un antojo tropical, sino un símbolo de hogar. Las ventas crecieron, las recomendaciones se convirtieron en colas y el meringón de Ibagué –con su particular mezcla de encanto y tradición– pasó de ser una curiosidad exótica a ser un fijo en ferias gastronómicas, eventos culturales y mostradores de postres. El auge del meringón colombiano en territorios tan diversos geográficamente responde también a un fenómeno más amplio: la globalización de las cocinas locales, que han encontrado en las ciudades americanas un público ávido de experiencias culinarias diversas. Pero lo del merengón no fue un golpe pasajero; Fue resultado de una identidad culinaria que se nutre de la memoria colectiva y de una oferta que supo trascender la nostalgia para convertirse en un gusto universal. Hoy, cuando alguien pide un meringón en una vitrina de Miami o Nueva York, no está pidiendo simplemente un postre: está reivindicando un pedazo de historia que nació en las calles de Ibagué, que se tejió con crema, frutas y azúcar, y que encontró su lugar bajo un sol diferente, en un país que difícilmente imaginaba ver un dulce colombiano encaramado entre sus favoritos internacionales. Ver también:





