En el silencio de la madrugada, específicamente a las 2:30 horas de este sábado 3 de enero, el estruendo de al menos dos explosiones consecutivas rompió el sueño y la paz del sector La Soublette, en la parroquia Catia La Mar, estado La Guaira. Lo que los supervivientes describen como un “misil” o un “artefacto” impactó en edificios multifamiliares, transformando en minutos una zona de vivienda familiar en una zona de desastre con paredes y techos derrumbados y vidas destrozadas.
El saldo preliminar de la ofensiva aérea perpetrada por el gobierno de Estados Unidos contra Venezuela es de una persona muerta, un herido grave y ocho heridos leves. Las cicatrices de los impactos son profundas en fachadas y estructuras, revelando la magnitud de una agresión que ha golpeado directamente el corazón de esta comunidad.
“Un candelazo, un bravo explosión”: la historia de terror
Wilman González, sobreviviente del primer impacto, narra con crudeza los segundos que lo cambiaron todo. “Cuando me iba a acostar en el mueble, a ver TikTok, explotó el tema, un destello de luz… el impacto me arrojó contra la pared”. La fuerza de la explosión lo proyectó a él, así como a su hermana y su hermano. La tragedia pasó factura a su familia: su hermana, Rosa González, de 80 años, murió a consecuencia del impacto. “Aquí no, ella muere allá abajo en el hospital… muere como consecuencia de la explosión”, dice Wilman, quien señala los restos del dispositivo. «Cuando vieron los restos del misil, era como un bote, pero no era un bote, era un artefacto».
Mientras recoge los pedazos de la que fue su casa, adquirida por sus padres en 1969, expresa un desamparo que se mezcla con la desesperación: «Ahora quién nos ayuda a buscar una casa… no es fácil».
Dos impactos, una familia atrapada en el medio
A pocos metros, Jesús Linares (48 años) vivió una pesadilla similar. El primer silbido y el primer impacto lo sacaron de la cama. “Nos están invadiendo”, fue lo primero que pensó. Mientras corría con su hija hacia la habitación de su madre, un segundo y más poderoso estrépito sacudió el frente del departamento. “Me lanzaron… caí al suelo, sentí que algo me golpeaba la cabeza”, dice mostrando una herida menor. En medio de la oscuridad y el polvo, con una hemorragia, su prioridad era calmar a su hija y a su madre y buscar refugio en un armario, temiendo un nuevo ataque. “No sé si viene otro misil”, explica sobre la angustia de esos interminables minutos hasta que escucha a los vecinos y rescata a su familia.
La vulnerabilidad tiene nombre: Tibisay Suárez
Entre los afectados más vulnerables se encuentra Tibisay Suárez, una mujer de 82 años diagnosticada con Alzheimer, que ahora se enfrenta a una doble tragedia. Hospitalizada en el Periférico de Pariata con heridas, traumatismos y quemaduras en piernas y brazos, producto de la explosión, no recuerda lo sucedido. Su único hijo vive en Alemania, por lo que no tiene familiares inmediatos que la ayuden. Sólo sus vecinos velan por ella, mientras la realidad prevalece; Además de sus heridas, se ha quedado sin hogar.
Un paisaje de destrucción y preguntas sin respuesta
El sector de La Soublette es hoy un testimonio silencioso de la destrucción. Los restos de muebles, electrodomésticos y enseres se mezclan con el hormigón y el polvo.
Las autoridades, según Wilman González, se llevaron “la mayor parte” de los restos del misil. La comunidad se pregunta, con incredulidad y enojo, ¿por qué la necesidad de un ataque bélico extranjero contra los venezolanos? Son preguntas que hoy no obtienen respuesta, que los mantienen inseguros, traumatizados y devastados por haber perdido su hogar, su hogar que acogió a la mayoría durante más de 40 años. La necesidad de respuestas y ayuda oficial para reconstruir vidas y hogares es el grito unánime entre los escombros.





