Fue fundado hace 75 años por Manuel Escobar, Eduardo Martínez y Margoth de Martínez, de donde también surgió la pelota de letras y es hoy el buque insignia del fútbol local. Por dentro, la fábrica parece atrapada en una versión antigua del país. Las paredes de ladrillo sin revocar, los pisos de baldosas desgastadas, las puertas de madera maciza y los amplios marcos de las ventanas no intentan parecer viejos: lo son. Fueron construidos hace más de seis décadas y todavía están allí, cumpliendo su función sin nostalgia ni discurso patrimonial. El tiempo pasó por el barrio, por la ciudad y por la industria, pero en aquel edificio, al poniente de Bogotá, nunca hubo prisa. La empresa se llama Escobar & Martínez. No es un nombre famoso. No aparece en vallas publicitarias ni camisetas. No suena a multinacional ni a marca aspiracional. Es, apenas, la suma de dos apellidos y la memoria de una empresa fundada en septiembre de 1950 por Manuel Escobar, Eduardo Martínez y Margoth de Martínez. Lo que sí resuena –y se reconoce– son algunos de los objetos que salieron de allí y que terminaron siendo parte del día a día de varias generaciones de colombianos: una pelota con letras y números, un pegamento espeso y de fuerte olor, y unas pelotas que hoy ruedan en canchas, coliseos y estadios barriales. Lea también: ¿De dónde vienen los balones de fútbol que se usan en Colombia? Cuando empezaron, querían trabajar con caucho. No había ningún plan sofisticado ni visión exportadora. Había una materia prima, unas máquinas básicas y la idea de hacer cosas útiles. El primer gran éxito fue un colorido balón educativo, con letras y números en relieve. Durante años, ese juguete estuvo en salones, patios, guarderías y escuelas. Se vendieron millones. Era tan común que dejó de ser percibido como un producto industrial y pasó a ser un objeto doméstico más, como una silla de plástico o una escoba. Ese éxito nos permitió crecer. A finales de los años cincuenta compraron un terreno en la calle 17, cerca de la calle 68, y construyeron una fábrica que empezó a funcionar en 1960 y nunca se ha movido de allí. Desde entonces, el negocio sigue en manos de las mismas familias. No hubo adquisiciones hostiles, ni fondos de inversión, ni procesos de internacionalización grandilocuentes. Hubo trabajo, prueba, error y perseverancia. A principios de los años sesenta apareció otro producto decisivo. Se trataba de un pegamento espeso, amarillento y de olor acre, diseñado para responder a una necesidad específica de la industria del calzado. Lo llamaron Boxer, no por una estrategia de marca, sino porque uno de los socios tenía un perro de esa raza. Con el tiempo, el nombre dejó de pertenecerles. Cualquier pegamento con esas características, independientemente de quién lo fabricara, acababa llamándose “boxer”. El producto era tan dominante que la empresa vendió la receta y la patente. Ganó dinero, pero sobre todo dejó una huella lingüística: un nombre propio que se volvió genérico. En esas décadas también fabricaban otras cosas: colchonetas, chupetes de biberón, suelas, tacones, piezas de caucho para obra civil. De allí surgieron algunos de los soportes que sostienen los puentes de la carrera 68, construidos para la visita del Papa Pablo VI en 1968. Pero ninguno de esos productos logró mantenerse en el centro del mercado. La empresa aprendió pronto que no todo lo que puede producir puede sostenerse. Lea también: Los Escobar y Martínez, los cerebros detrás de los balones de fútbol Golty El giro definitivo llegó en 1980, treinta años después de la fundación. Escobar & Martínez firmó un contrato con Adidas para fabricar balones que la multinacional alemana vendería en Latinoamérica. Durante ocho años la planta colombiana operó como maquila. Operadores y gerentes viajaron a Alemania y conocieron procesos, tecnologías y estándares. Aprendieron a fabricar una pelota que debe comportarse igual en cualquier cancha del mundo. Ese aprendizaje fue decisivo. Mientras cumplían el contrato, invirtieron en maquinaria y fortalecieron su equipo técnico. Cuando terminó el trato con Adidas, no volvieron al punto de partida. Crearon su propia marca de pelotas: Golty. No fue un salto al vacío. Fue la continuación lógica de lo aprendido. Hoy, entrar a la planta donde se fabrican las bolas es presenciar un proceso preciso, casi silencioso. Trabajan unas 60 personas. En el segundo piso, en una pequeña habitación, se encuentra uno de los puntos más sensibles de toda la operación. Allí, José Forero prepara las mezclas de caucho. Lleva ocho años en la empresa. Maneja más de dos mil fórmulas diferentes. Se los sabe de memoria. Sólo él y el ingeniero Iván Sánchez, jefe de planta durante 32 años, saben exactamente qué contiene cada una. No hay archivos visibles ni explicaciones innecesarias. El secreto no se dramatiza, simplemente se guarda. Una vez convertidas las mezclas en láminas, comienza la transformación. En el proceso intervienen más de veinte máquinas. Algunas tienen más de quince años, otras son más recientes. Las piezas se unen con calor, se moldean, se vulcanizan, se inflan a medidas exactas. El balón pasa por una red que refuerza su estructura interna. Luego vienen las capas exteriores, los diseños, las marcas, que todavía se aplican a mano. Desde que sale de la sala de fórmula hasta que está listo, un globo tarda unas tres horas. Desde 1988, Golty es el balón oficial del fútbol profesional colombiano. También ha estado en campeonatos sudamericanos de baloncesto y en ligas de varios países de la región. Ha llegado a 28 países. Durante años fue el balón de la Selección Colombia, hasta que los acuerdos globales de la FIFA le devolvieron esa representación a Adidas. La empresa sigue siendo de propiedad familiar. Produce, de media, unas 1.500 bolas al día. Recientemente lanzó un modelo llamado Origen, de color blanco, atravesado por los colores de la bandera. Fue diseñado como una declaración después de la pandemia. Una manera de volver a lo básico. No hubo ninguna epopeya en el discurso. Había una idea sencilla: recordar de dónde vienen. Con un Mundial en el horizonte, las expectativas de ventas están creciendo. No por una estrategia comercial, sino porque el fútbol reactiva un impulso elemental: las ganas de patear algo y gritar gol. Y muchas de esas pelotas, sin que quien las patee lo sepa, procederán de una fábrica donde el tiempo nunca tuvo prisa.





