Rafael Ithier nació humilde, pero con disciplina y oído construyó El Gran Combo de Puerto Rico, la orquesta que definió la historia de la salsa en el mundo Rafael Ithier nació en un Puerto Rico donde casi nada estaba garantizado. Creció en Puerta de Tierra, una franja popular de San Juan donde el mar y la pobreza convivían sin pedir permiso y donde la vida se aprendía temprano, a veces a golpes suaves, a veces a golpes duros. Su padre murió cuando él era apenas un niño y ese vacío marcó el ritmo de todo lo que vino después. En su casa, desde entonces, no hubo lugar para la nostalgia sino para la urgencia. Su madre, Mérida Natal, asumió todos los roles posibles con una naturalidad que no fue cuestionada: cosió para otros, crió a los suyos, administró lo poco que había y sostuvo una estructura familiar que no podía permitirse caer. Rafael pronto comprendió que crecer significaba ayudar y que el tiempo para la infancia era corto. Lea también: Hijo de albañil, taxista y mecánico: esta es la historia del gran salsero Óscar D’ León La música apareció antes de que pudiera llamarse vocación. Llegó como llegan muchas cosas a los barrios populares: prestadas, improvisadas, sin manual de instrucciones. Una guitarra extranjera fue su primer instrumento y la pulpería del barrio su primer escenario. Jugaba en el mostrador, entre botellas y pan, mientras los mayores compraban lo básico y dejaban caer algunas monedas. No fueron conciertos ni audiciones: fueron pequeños actos de supervivencia. Allí aprendió algo que las escuelas no enseñan: que la música, para tener valor, tenía que conectar con la gente común, con quienes escuchan sin solemnidad y deciden sin indulgencia. No era hijo de la academia ni de estudios formales. La música no se le presentó como una carrera sino como una herramienta. Aprendió observando a los demás, escuchando con atención casi obsesiva y copiando sin vergüenza. Cuando dejó la escuela, aún adolescente, no lo hizo por rebelión sino por necesidad. En casa no se comía con promesas. Se convirtió en un músico práctico, un asistente para lo que fuera necesario. Cargó instrumentos, afinó, limpió, tocó lo que sabía y aprendió lo que no, una etapa que le enseñó disciplina y respeto por el oficio. Ithier pasó por varios grupos, en los que aprendió diferentes estilos, ritmos y formas de trabajar. Tocaba el tres cubano, el contrabajo, la guitarra y, casi a escondidas, el piano. Ese instrumento llegó sin ceremonias, robándole minutos de sueño mientras su hermana tomaba lecciones formales. Rafael observaba, memorizaba y practicaba cuando nadie miraba. El piano se convirtió en su columna vertebral musical, el lugar desde donde entendió la armonía y organizó el caos sonoro que caracteriza al Caribe. En 1952, la vida le impuso un paréntesis inesperado. Ingresó al ejército estadounidense y fue destinado a Cayey. Allí, incluso de uniforme, siguió siendo músico. Formó parte de un grupo que tocaba mambo y ritmos de baile para soldados y oficiales. No fue una etapa gloriosa, pero sí decisiva: confirmó que su identidad estaba ligada a la música, no a ninguna otra profesión. Cuando regresó a su país, su camino ya estaba marcado. Su ingreso a la orquesta denominada Combo de Rafael Cortijo fue un momento que marcó un punto de inflexión. Aquella orquesta, que contaba con la inconfundible voz de Ismael Rivera, revolucionó la música en Puerto Rico. Rafael Ithier fue parte de ese momento irrepetible donde la plena, la bomba y el son se mezclaron con una energía nueva, urbana y contagiosa. Fue una escuela intensa, de éxito y exigencia, pero también una experiencia frágil. Cuando encarcelaron a Ismael Rivera todo se vino abajo. El grupo se disolvió. Lea también: Cómo un humilde mensajero creó Fruko y sus Tesos, la orquesta paisa que conquistó el mundo con la salsa Ese golpe lo dejó a la deriva. Pensó en abandonar la música, estudiar banca e incluso derecho. La idea de una vida estable empezó a seducirle. No por ambición, sino por cansancio. A sus treinta y tantos años, se sentía demasiado mayor para seguir apostando por un camino incierto. Sin embargo, la música, nuevamente, no lo dejó ir tan fácilmente. Un grupo de músicos se le acercó con una propuesta concreta: formar una nueva orquesta y ponerla bajo su dirección. Rafael vaciló. No fue un salto pequeño. Significó empezar de nuevo, asumir responsabilidades y exponerse nuevamente al fracaso. Pero él aceptó. El 26 de mayo de 1962 nació en Bayamón El Gran Combo de Puerto Rico. Rafael Ithier estaba al piano, sin discursos ni gestos fundacionales, simplemente haciendo lo que sabía hacer. A partir de ese día, su rol fue mucho más amplio que el de músico. Se convirtió en director, organizador y figura del equilibrio. Ithier estableció una disciplina, basada en el respeto y el profesionalismo. En una época en la que las orquestas se desmoronaban por egos o desorden, El Gran Combo se mantuvo sólido. Ithier entendió que la clave era la disciplina acompañada de talento. Construyó un sonido único. También construyó una forma de jugar y presentarse que traspasó fronteras y generaciones. El éxito no lo transformó en una figura lejana. El maestro Rafael Ithier siguió siendo un hombre sencillo, centrado en el trabajo. No necesitaba protagonismo ni excesos para hacerse notar con su orquesta. Prefería el piano al micrófono y el ensayo riguroso al aplauso inmediato. Bajo su dirección, la orquesta se convirtió en un referente mundial de la salsa, llevando un pedazo de Puerto Rico a escenarios de América, Europa y más allá. Rafael Ithier falleció el 6 de diciembre de 2025, a los 99 años, luego de una vida larga y coherente. Dejó una obra inmensa sin necesidad de discursos épicos. Su historia es la de alguien que entendió la música como un oficio serio, nacido de la necesidad y sostenido por la disciplina. No fue producto de la casualidad ni del privilegio, sino del trabajo constante y de una infancia que le enseñó a no darse por vencido. El niño que tocaba en una tienda de comestibles nunca desapareció: simplemente aprendió a dirigir una de las orquestas más influyentes de la música latinoamericana sin olvidar de dónde venía ni para quién tocaba.





