El humilde matrimonio que hace 86 años se inventó El Bohemio, la salsamentaria más antigua de Bogotá

El humilde matrimonio que hace 86 años se inventó El Bohemio, la salsamentaria más antigua de Bogotá

Don Pedro Duarte y su esposa lo fundaron en 1939 con receta alemana. Hoy su familia mantiene el legado de embutidos que conservan su sabor original. En 1939, cuando Bogotá era gris y se movía en tranvía, un tenjo soñaba con dejar su huella en la ciudad. Su nombre era Pedro Duarte Rubiano. Había llegado del campo con la energía que sólo tiene quien no sabe descansar y trabajó en la Salsamentaria La Europea, aprendiendo los secretos de los embutidos, los cortes de carne, los condimentos exactos que convierten lo ordinario en memorable. Don Pedro, según le decían sus clientes, no se conformaba con ser parte de la historia de otro: quería escribir la suya propia. Un día, impulsado por la certeza de que la vida sólo recompensa a quien se arriesga, decidió invertir los ahorros de toda su existencia y la indemnización de años de trabajo. Lo hizo con su esposa, Cecilia de Duarte, con quien compartió más que un matrimonio: una fe absoluta en la posibilidad de empezar de cero. Alquilaron un local diminuto, de apenas ocho metros cuadrados, en la carrera 9 y calle 21-71, una zona donde se mezclaban los olores de ferreterías, cafés, restaurantes y las voces de los europeos que habían hecho del centro su pequeño refugio. Allí montaron un sencillo puesto de embutidos, longanizas y productos importados que servían con papas criollas y pan fresco. Nadie lo sabía entonces, pero en aquel rincón húmedo y ruidoso empezó a levantarse el emporio que con el tiempo se llamaría Industria Salsamentaria El Bohemio. El lugar era tan estrecho que los clientes se alineaban en la acera esperando su turno para probar las famosas salchichas. Desde el principio se convirtieron en el alma del negocio, el símbolo de un sabor que sobreviviría décadas. La salsa que los acompañaba, espesa, ligeramente picante, inolvidable, tenía su propio secreto: un amigo alemán de don Pedro se la había regalado cuando éste abandonaba el país. De estas mezclas de amistad y receta nacen mitos, y El Bohemio pronto empezó a tener el suyo propio. Con el paso de los años, el lugar fue testigo de todo. Resistió incluso la noche del 9 de abril de 1948, cuando la ciudad ardió tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Ese día, las turbas bajaron de Las Cruces con machetes y antorchas, destruyendo todo. Alguien intentó forzar la puerta de madera del bohemio, pero el portón resistió, como si adivinara que detrás de él había una historia que no podía terminar así, a golpes de furia. Mientras la ciudad se desmoronaba, las salchichas y el olor a humo quedaron intactos, a la espera de otro amanecer. El tiempo siguió su curso. En la década de 1960 tomó el relevo la segunda generación. Pablo Duarte García, hijo de Don Pedro, y su esposa Nelcy Gutiérrez asumieron el mando del negocio con la misma mezcla de terquedad y esperanza que había motivado a su padre. En 1970 abrieron una nueva sucursal en el barrio de Restrepo, y cinco años después, una planta de producción en Puente Aranda, en la zona industrial de Bogotá. Fue el inicio de la modernización, el paso del taller artesanal a la empresa organizada. Dos años después, en 1977, don Pedro falleció dejando tras de sí no sólo un negocio, sino una forma de entender la vida: el trabajo como herencia. Durante la década de 1980, los Duarte continuaron expandiéndose. Abrieron un punto en Galerías, otro en el mismo edificio del centro donde empezó todo. En esa casa, curiosamente, había funcionado entre los años setenta y noventa la escuela de niñas Remington Camargo, donde las alumnas aprendían taquigrafía, mecanografía y ortografía. Ese inmueble tenía su propia historia: había pertenecido a Germán Zea Hernández, un político liberal, y luego pasó a su hija Gloria Zea, esposa del pintor Fernando Botero y directora por más de cuarenta años del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Gloria, con el tiempo, vendió la propiedad al abogado Emilio Monsalve, dedicado a herencias y remates, quien finalmente terminó cediéndola a la familia Duarte. En 1993, cuando el colegio cerró sus puertas, El Bohemio recuperó toda la casa: el círculo se cerró y el lugar donde nació la historia volvió a pertenecerle. La tercera generación ya estaba en camino. Tras el fallecimiento de Pablo Duarte, asumió la dirección general su esposa Nelcy, acompañada de sus hijos, quienes hoy se preparan para continuar con el legado. En esa familia, los embutidos no son sólo productos: son un recuerdo. La de un abuelo que apostó por un sueño cuando la ciudad aún se movía al ritmo de los tranvías, la de un negocio que sobrevivió a incendios, crisis, mudanzas y modernizaciones sin perder su esencia. Por sus mesas han pasado caras conocidas. Carlos “el Mocho” Sánchez, Alberto Piedrahita Pacheco, Jorge Velosa, Fernando González Pacheco, Nena Jiménez: todos se dejaron tentar por los embutidos que, más que comida, parecen una declaración de principios. El Bohemio cumple ya 86 años y sigue siendo un punto de encuentro entre nostalgia y sabor. Hoy cuenta con nueve tiendas distribuidas en diferentes puntos de la ciudad. Los fines de semana, especialmente de viernes a domingo, la sede de la carrera 9 y calle 21 puede recibir hasta cien personas al mismo tiempo. Entre ellos hay antiguos clientes que piden “lo de siempre” y jóvenes que descubren por primera vez el sabor de una historia que comenzó en ocho metros cuadrados y se ha extendido por generaciones. Muy pronto, dicen, el aroma de Bohemia llegará a Medellín, Barranquilla y Cali, trayendo consigo las salchichas, chorizos, jamones, perros y hamburguesas que nacieron de la obstinación de un hombre que un día decidió no depender de nadie. Porque así era don Pedro Duarte Rubiano: un hombre que entendió que la independencia también puede oler a humo y a pan tostado, que el trabajo, hecho con las manos y con el alma, puede convertirse en una forma de eternidad. La industria hoy genera más de 30 empleos directos y 20 indirectos, de los cuales el 80% son madres cabeza de hogar, lo que permite a la empresa apoyar con estabilidad laboral a unas 40 familias bogotanas al punto que varias de ellas están al borde de una merecida pensión.

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