El panelero Guillermo Ramírez optó por un almacén de bajo precio que puso en un área popular de Cartagena, la idea resultó y tiene una cadena con 35 tiendas que todo comenzó en Cartagena, en una pequeña tienda en el vecindario de El Prado. Allí, a principios de la década de 2000, Guillermo Ramírez, un comerciante bronceado en el mundo de Sugar y Paneya Transport, decidió dar un salto inesperado: abrir un almacén. Su experiencia le había enseñado una verdad simple: la gente costera quería comprar a un buen precio, sin tantas vueltas, y con la confianza de que el producto sería fresco y se rinde. Ese fue el germen de lo que luego se llamaría Megatiendas, un nombre que parecía excelente para un lugar modesto, pero que llevaba una ambición particular desde el principio: crecer con las personas. Guillermo Ramírez, fundador de Megatiendas, el primer almacén abrió en 2003. Al principio era un negocio diseñado para mayoristas y comerciantes. Pero pronto sucedió algo que el propio Ramírez no había previsto: las amas de casa comenzaron a sentirse atraídas por los bajos precios y la variedad. Con ellos llegó una boca a boca que consolidaba la fórmula. «En el total se ve la diferencia» fue el eslogan que Guillermo inventó, casi como un mantra para explicar el suyo: la suma de muchos productos a un costo menor podría marcar la diferencia en la canasta de una casa. | Es posible que esté interesado en lijarse los autos en Boyacá para conquistar YouTube con 10 millones de seguidores: él es el maestro Alex de ese primer paso tomó confianza para abrir un segundo punto en Bazurto, uno de los sectores más tradicionales de la ciudad, y más tarde un tercero en Barranquilla, ya en 2009. A partir de allí, lo que parecía un experimento local se convirtió en una cadena que comenzó a expandirse en la costa atlántica. Desde costeño hasta almacén Nacional hoy, Megatiendas tiene 35 tiendas en Colombia. De estos, 18 están en Bolívar —15 en Cartagena y tres en municipios como Turbaco y Arjona – 9 en Atlantic, 6 en Magdalena y hasta 2 en Bogotá. El salto a la capital no era menor: significaba que un negocio nacido en la costa podría competir al frente con gigantes como olímpico, éxito o ARA. Sin embargo, más allá de la expansión geográfica, que distingue a Megatiendas es su relación con los proveedores. Desde el principio, la cadena decidió comprar directamente a los productores locales, evitando intermediarios y garantizando la frescura y el precio. Hoy trabajan con más de 2,000 agricultores y ganaderos encontrados en la marca un canal para llegar al consumidor sin ver su esfuerzo devaluado. Ese compromiso va más allá de las tiendas. Las megatiendas establecen centros de recolección en lugares donde ni siquiera tiene puntos de venta, como Bogotá o Bucaramanga, para procesar y distribuir frutas y verduras que de otro modo se perderían en el campo. Como Camilo Ramírez, hijo del fundador y actual vicepresidente de la compañía, explica: «Creemos que el país está construido desde el campo, a partir de las regiones». Por lo tanto, no es sorprendente que muchas de sus góndolas estén llenas de costos empacados en pequeñas porciones o carnes locales de la más alta calidad. Son productos diseñados para la economía real de los hogares, con presentaciones accesibles que permiten a cualquiera llevar algún campo a su mesa. Un legado que trasciende el comercial más de 1.500 personas que trabajan directamente hoy en Megatiendas. Cada empleado, desde el cajero hasta el enólogo, es parte de una compañía que ha logrado mantener sin el ruido de los medios de los grandes conglomerados. Su estrategia no ha sido desplegar campañas publicitarias millonarias, sino para reforzar la lealtad de los clientes a través de promociones que ya son tradición: los «carros locos», las «mega ofertas» y rifas donde los ganadores reciben un mercado por un año. Ese estilo cercano y comunitario se explica enormemente por la personalidad de su fundador. Guillermo Ramírez, descrito por su familia como un hombre apasionado y transparente, siempre pensó que la clave era mantener los pies en el suelo. No se trataba solo de abrir tiendas: se trataba de crear un verdadero vínculo con las personas, para demostrar que los supermercados podrían ser más que un lugar de paso, que podría convertirse en un aliado del bolsillo. En ese camino, las megatiendas aprendieron a competir con los Gigantes. Olympic, que durante décadas reinó en la costa, vio a este competidor un desafío inesperado. Desde un pequeño lugar en el Prado, las megatiendas se convirtieron en una opción sólida que sabía cómo plantar a los grandes. Desde el Caribe hasta todo el país hoy, la cadena está a punto de cumplir 22 años y lo celebra como siempre lo ha hecho: con promociones y actividades diseñadas para la comunidad. Pero detrás de la fiesta hay una realidad que merece ser contada: un negocio familiar, nacido de abajo, que entendió que el éxito se construye con cercanía, compromiso y confianza. Megatiendas es, en muchos sentidos, el retrato de una Colombia que se resiste de la región. Su compromiso con el campo, para los proveedores locales y para el tratamiento justo con los clientes lo hacen más que un supermercado. Es una historia empresarial de cosecha que se expandió en el país sin perder el alma. «En el total se ve la diferencia», dijo Guillermo Ramírez. Hoy esa frase es más que un eslogan: es la síntesis de un modelo que mostró que los negocios también pueden escribir historias de raíces y progreso. Megatiendas, después de todo, no es solo un lugar para comprar; Es un pedazo del Caribe que aprendió a crecer sin olvidar de dónde vino. Ver también:





