Los residentes de Guaymaral advierten que la desviación de camiones a su vecindario deterioró el camino y dañó las casas con vibraciones constantes. La ruta Guaymaral, que conecta a Chia y Cota con el norte de Bogotá, se ha convertido en un dolor de cabeza para los residentes del sector. Lo que hace unos años era un corredor tranquilo, hoy es el escenario de quejas, fisuras en los hogares y un deterioro acelerado del pavimento. La Razón: El tráfico pesado que se encuentra una ruta alternativa en este camino contra las restricciones aplicadas en otros corredores de sabana. Los residentes del vecindario de Guaymaral se aseguran de que la situación se volviera insostenible desde septiembre de 2024, cuando la oficina del alcalde de Bogotá intervino la carretera de Arrayanes, entre 175 y 235 Street. La unidad de mantenimiento de la carretera mejoró ese corredor, clave para la conexión entre la capital y los municipios vecinos. Sin embargo, con las nuevas condiciones, se evitó que los vehículos de más de cuatro ejes circulen allí. La consecuencia inmediata fue el desvío de cientos de camiones hacia la carretera Guaymarral. A este cambio se agregó otra medida: en mayo de 2024, la Oficina del Alcalde de Chia emitió el Decreto 345, que limitó la circulación de camiones con más de 3.4 toneladas en las carreteras principales del municipio. La restricción, que se aplica al día y al domingo por la tarde, buscó mejorar la movilidad y reducir la contaminación. Un año después, en mayo de 2025, el alcalde Leonardo Donoso Ruiz reforzó la medida con un nuevo decreto que extendió las restricciones para vehículos pesados en los horarios de pico y placa. El resultado fue inmediato: gran parte de ese tráfico de carga, que anteriormente pasó por Chia, terminó usando Guaymararal como desvío. Allí, el impacto ha sido devastador. «Las vibraciones de los camiones han descifrado varias casas. El ruido no deja que el sueño y el camino, que hace unos años estuviera en buenas condiciones, hoy se destruye», dice Giselle Yacamán, vecina del sector. Los habitantes recuerdan que en 2018 eran ellos mismos quienes, con sus propios recursos, financiaron trabajos para mejorar el camino. «Pusimos nuestra mano en el bolsillo porque era la única forma de tener un camino en condiciones», explica Yacamán. Ahora, siete años después, sienten que este esfuerzo se perdió entre el paso de camiones volquete, tractómulas y vehículos de construcción. El crecimiento urbano también ha agravado la situación. Los camiones cargados con materiales ingresan y dejan el plan parcial Lagos de Torca, donde se avanza la construcción de casas nuevas. La combinación del tráfico de carga y las obras civiles convirtió el camino guayararal en una arteria de deterioro saturada, peligrosa y franca. Algunos transportadores incluso usan esta ruta para evadir el pago de peaje, lo que aumenta aún más la presión sobre el sector. Para los vecinos, todo esto representa «una bomba de tiempo». La comunidad ha buscado soluciones. Han ido a la oficina del alcalde de Bogotá, el gobierno de Cundinamarca, la Secretaría del Hábitat y la Secretaría de Movilidad, sin obtener respuestas concretas. «Nos sentimos solos. La ruta ya no perdura y nadie es responsable», dice Yacamán. El 29 de septiembre, los residentes esperan reunirse con la secretaría de movilidad, Claudia Díaz. Su expectativa es que se plantea un plan de choque que limita el paso de vehículos pesados y que contempla una intervención urgente de la carretera. Por ahora, los vecinos continúan viviendo con el ruido de los camiones, las grietas en las paredes y el riesgo de la carretera de colapso en cualquier momento. El Guayararal Via, que alguna vez fue un ejemplo de gestión comunitaria, refleja hoy la falta de coordinación entre los municipios y la ausencia de soluciones efectivas contra el crecimiento desordenado de la Savannah.





