Saruma pasó de grabar videos virales a convertirse en un aliado estratégico del poder político que domina Barranquilla desde hace décadas. Felipe Saruma no entró en la política como suelen hacerlo los políticos. No apareció con discursos inflamados, ni con carteles en las esquinas, ni con el apoyo visible de una carrera partidista. Su entrada fue más silenciosa, pero igual de efectiva: llegó con una cámara, millones de seguidores y una historia cuidadosamente construida sobre disciplina, esfuerzo y éxito personal. Durante años, Saruma fue la cara del emprendedor digital. El joven que hablaba de perseverancia, de procesos largos y de aprender de los errores. Si bien muchos influencers se quedaron con el chiste fácil o la tendencia efímera, él entendió algo clave: el verdadero poder estaba en controlar toda la narrativa. No sólo crear contenidos, sino montar una empresa, producir, dirigir y decidir. Ese crecimiento no fue accidental. Fue metódico. Saruma se convirtió en marca, la marca se convirtió en productora y el productor empezó a facturar. Para entonces, su imagen ya no era sólo la de un creador, sino la de un empresario exitoso que encarnaba el sueño aspiracional de miles de jóvenes. Y como suele pasar en Colombia, cuando alguien acumula visibilidad, el poder político empieza a mirar. Barranquilla y el momento en que el público apareció en escena El punto de inflexión fue Barranquilla. Una ciudad donde la política no se improvisa y donde el poder tiene nombre, estructura y continuidad. Allí, Saruma comenzó a cruzar la frontera entre el mundo digital y el institucional. Sus contenidos comenzaron a dialogar con la gestión pública, con los mensajes de la ciudad, con la idea de progreso que la administración local viene impulsando desde hace años. Los contratos con la Alcaldía de Barranquilla y otras entidades públicas no tardaron en aparecer. Legalmente defendible, sí. Políticamente revelador también. Porque el creador de contenidos que hablaba de independencia y de abrirse camino desde cero ahora formaba parte de la maquinaria estatal que decide qué historias se cuentan y quién las cuenta. |Te puede interesar Cómo Felipe Saruma se convirtió en influencer, ganó 15 millones de seguidores, montó una productora y se hizo millonario Para muchos de sus seguidores no hubo contradicción: simplemente era un exitoso empresario al servicio del Estado. Para otros, fue un síntoma de algo más profundo: la política finalmente comprendió que el poder ya no se disputa sólo en las plazas públicas, sino en las pantallas. En ese momento, Saruma dejó de ser sólo un influencer. Se convirtió en un actor funcional en la historia de la ciudad que el poder necesitaba amplificar. Y en Barranquilla, ese poder tiene nombre propio: clan Char. La maquinaria Char y Felipe Saruma, el influencer útil El carisma político del Atlántico no se sustenta únicamente en los votos. Se basa en una gestión visible, control territorial y una narrativa bien construida sobre modernización y resultados. Durante décadas, la familia Char ha perfeccionado esa fórmula, convirtiéndose en una de las máquinas electorales más fuertes del país. Saruma encajó allí sin fricción. No como un político tradicional, sino como el rostro joven capaz de hablarle a un público que desconfía de los discursos clásicos, pero cree en las historias personales. Si bien la maquinaria retuvo el control del territorio, él proporcionó alcance, legitimidad emocional y conexión directa con miles de ciudadanos que no se sienten desafiados por la política, sino por alguien a quien han estado siguiendo durante años. Cuando se conoció su aspiración a la Cámara de Representantes a través de Cambio Radical, el debate cambió de escala. Ya no se trataba de un influencer que opinara sobre política, sino de una candidatura con partido, estructura y apoyo. El outsider dejó de ser outsider. Las críticas no tardaron. Periodistas y analistas señalaron la contradicción entre el discurso renovador y la cercanía con uno de los clanes más tradicionales del país. ¿Podemos hablar de cambio desde dentro de la maquinaria? ¿Dónde está la independencia cuando el capital político se construye con contratos públicos y apoyo institucional? Saruma respondió desde su zona de confort: la cámara. Vídeos directos, tono emotivo, mensajes que conectan más de lo que explican. Habló de transformar la política desde dentro, de no demonizar el poder y de utilizar las herramientas existentes para hacer las cosas mejor. Pero el ruido no desapareció. Al contrario, se amplificó. Me gusta, votos y una nueva forma de hacer política El caso Saruma terminó convirtiéndose en un símbolo de una nueva etapa de la política colombiana. La del influencer que no se enfrenta al sistema, sino que lo moderniza. El relevo generacional que no rompe con la maquinaria, sino que la hace más estética, más cercana y más digerible. Álex Char y su esposa Katia Nule con los influencers Felipe Saruma, Juanda Caribe y El Propio Tavo Hoy, Felipe Saruma ya no es sólo un creador de contenidos o un empresario de éxito. Es una evidencia de cómo el poder aprendió a hablar en formato vertical, a seducir con historias personales y a convertir seguidores en capital político. Para algunos, representa la necesaria renovación de una política anquilosada. Para otros, confirma que las viejas estructuras siguen intactas, sólo que ahora utilizan filtros, música de fondo y narraciones emocionales. En cualquier caso, su historia no es sólo la de un influencer que quería ser político. Es el de una máquina que entendió que, para seguir ganando, ya no bastan los votos: ahora también se necesitan los me gusta. Ver también:






